martes, mayo 18, 2010

La cuna del mundo


Claudio Borghi, una gloria de Argentinos Juniors, ahora festejando un título como DT.

El fútbol argentino tiene estas cosas. Tan denostado a veces. Por su nivel de juego, que suele ser calificado de mediocre para abajo; por la violencia en las tribunas; por la corrupción de sus dirigentes. Pero también, ensalsado por algunas buenas noticias: sus jugadores notorios que brillan en las escuadras más poderosas del mundo; su identificación con la gente, algo que lo vuelve enormemente popular en estas tierras; y por un campeonato que, a diferencia de otras importantes ligas, siempre ofrece diversidad y paridad entre muchos equipos.

Esta vez fue el turno de Argentinos Juniors. Gritó campeón una vez más, como en sus esplendorosos años de la década del 80, cuando regó de buen fútbol todas las canchas en donde jugó.

El club de La Paternal tiene una tradición. Y la respeta. Alumbró al mundo a la estrella inconmensurable de Diego Maradona. Y siguió regalando a otros enormes valores. Vistieron su gloriosa camiseta futbolistas de la talla de Claudio Borghi - su actual entrenador -, exquisito jugador, gambeteador intratable, fino y de una calidad superior que hizo inevitable la comparación con el más grande de todos. Pasó también Fernando Redondo, un mediocampista central de indiscutida técnica, zurdo de interesante panorama, estratega desde el sector en donde comienzan a definirse los partidos. Salieron, además, defensores de categoría: Fernando Cáceres, Juan Pablo Sorín, por citar algunos ejemplos. Y otros valores que ni siquiera pudieron lucirse en Primera División, como Esteban Cambiasso y Juan Román Riquelme, quienes fueron vendidos para nutrir la cantera de equipos con otras urgencias.

El título del Clausura 2010 es el corolario de una etapa signada por un orden institucional y un plantel que se conformó hace ya algunos años, cuando en tiempos de Néstor Gorosito como DT, se hizo fuerte y comenzó a ser protagonista. Borghi le dio la estocada final. Asumió el año pasado, con un equipo que parecía haber cumplido un ciclo y había terminado último en la tabla general. Y lo refundó. Confió en el liderazgo defensivo de Caruzzo; en el tándem de marca combativa y juego inteligente de Mercier y Ortigoza; y apostó por un ataque en donde se destacaron Sosa y Pavlovich, además de rescatar a un Calderón que, al borde de los cuarenta años de edad, pudo hacer honor a una rica trayectoria que amagó con terminar entre las sombras en su Estudiantes de La Plata.

Argentinos fue justo campeón porque jugó desde la serenidad transmitida por su conductor. Convicción, pragmatismo e inteligencia para ejecutar el necesario repertorio. Calma para las paradas bravas. Ganó partidos memorables, como el anteúltimo frente a Independiente, cuando supo remontar un 1-3 y lo transformó en un heroico 4-3 sobre la hora. No le pesó el traje de candidato cuando asomaron las últimas fechas y siempre mantuvo una identidad que lo catapultó a un logró que tardó veinticinco largos años en volver a repetirse.

Celebra el fútbol esta conquista. Por ser lograda en muy buena ley y por demostrar que con trabajo, dedicación y sapiencia se pueden obtener grandes resultados.

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